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HERMES
TRISMEGISTO A SU HIJO TAT
(En Los Libros de Hermes Trismegisto, Edicomunicación,
Barcelona, 1998)
El Gran Obrero ha hecho al
mundo, no con sus manos, sino con su Palabra. Tienes que representártelo
como presente y siempre existente, como el autor de todo, el Uno y el
Solo, el que ha creado los seres por su voluntad. Su cuerpo no es
tangible, ni visible, ni mensurable, ni extenso, ni parecido a ningún
otro cuerpo. No es el fuego, ni el agua, ni el aire, ni el espíritu, pero
todo viene de El. Siendo bueno, ha querido crear el mundo por Sí mismo y
adornar la tierra. Como adorno del cuerpo divino ha colocado al hombre,
animal inmortal y mortal. El hombre domina sobre los animales por razón y
la inteligente. Ha nacido para contemplar las obras de Dios, admirarlas y
conocer a su Autor. Dios ha distribuido la razón a todos los hombres,
pero no la inteligencia; no es que la haya enviado a algunos, pues la
envidia le es ajena, ella nace en las almas de los hombres que no tienen
inteligencia.
TAT
¿Por qué, entonces, oh padre,
Dios no ha distribuido la inteligencia a todos?
HERMES
Ha querido, oh hijo mío,
colocarla en medio de las almas como un premio a conquistar.
TAT
¿Y dónde la ha colocado?
HERMES
Ha llenado con ella un gran
cráter y lo ha hecho llevar por un mensajero, ordenándole gritar esto a
los corazones de los hombres: "Bautizaos, si podéis, en el cráter,
aquellos que creéis que volveréis al que lo ha enviado, aquellos que
sabéis por qué ha nacido". Y los que respondieron a esta llamada y
fueron bautizados en la Inteligencia, ésos poseyeron la Gnosis y se
convirtieron en los iniciados de la Inteligencia, los hombres perfectos.
Los que no la comprendieron poseen la razón, pero no la inteligencia, e
ignoran por qué y para qué han sido formados. Sus sensaciones recuerdan
a las de los animales sin razón. Formados únicamente de pasiones y
deseos, no admiran lo que es digno de ser contemplado, se entregan a los
placeres y a los apetitos del cuerpo y creen que esto es la finalidad del
hombre. Pero los que han recibido el don de Dios, éstos, oh Tat,
considerando sus obras, son inmortales y no ya mortales. Abarcan con la
inteligencia lo que está sobre la tierra y en el cielo, y lo que puede
haber por encima del cielo. A la altura a la que han llegado, contemplan
el Bien, y este espectáculo les hace considerar como una desgracia su
morada aquí abajo. Desprecian todas las cosas corporales e incorporales,
aspiran hacia el Uno y el Solo. Tal es, oh Tat, la ciencia de la
inteligencia: contemplar las cosas divinas y comprender a Dios. Tal es el
don del cráter divino.
TAT
Yo también quiero ser
bautizado, oh padre.
HERMES
Si no empiezas por odiar a tu
cuerpo, oh hijo mío, no puedes amarte a ti mismo. Amándote a ti mismo,
poseerás la inteligencia y entonces obtendrás la ciencia.
TAT
¿Qué quieres decir, oh padre?
HERMES
Es imposible, oh hijo mío,
apegarse a la vez a las cosas mortales y a las cosas divinas. Los seres
son corporales o incorporales, y en ello lo mortal se distingue de lo
divino; hay que escoger lo uno o lo otro, porque uno no puede apegarse a
los dos a la vez. Cuando se ha hecho una elección, lo que se abandona
manifiesta la energía de lo otro; escogiendo lo mejor, se obtiene primero
una magnífica recompensa, la apoteosis del hombre, y además se muestra
piedad hacia Dios. Una mala elección es la pérdida del hombre, pero sin
perjudicar a Dios; únicamente, que, como esos paseantes ociosos que
estorban los caminos, se pasa a través del mundo arrastrado por los
placeres del cuerpo.
Puesto que es así, oh Tat, el
Bien que viene de Dios está a nuestra disposición, no tenemos más que
tomarlo sin tardanza. El Mal no viene de Dios, viene de nosotros mismos
que lo preferimos al Bien. Ves, oh hijo mío, cuántos cuerpos debemos
atravesar, cuántos corazones de espíritus (demonios), y revoluciones de
estrellas para llegar al único y solo Dios. El Bien es inaccesible,
infinito y sin límites; para El mismo no tiene principio, mas para
nosotros parece tener uno que es la Gnosis. La Gnosis no es precisamente
el principio del Bien, pero es por ella como llegamos a El. Tomémosla,
pues, como guía, y avanzaremos a través de todos los obstáculos. Es
difícil abandonar las cosas presentes y acostumbradas para volver a las
antiguas rutas. Las apariencias nos atraen y rechazamos creer en lo
invisible a los ojos, porque no tiene ni forma ni figura; es parecido a El
mismo y diferente de todo el resto. Lo incorporal no puede manifestarse al
cuerpo. He aquí en qué lo parecido se distingue de lo diferente, y en
qué lo diferente es inferior a lo parecido.
La unidad, principio y raíz de
todas las cosas, existe en todo como principio y raíz. No hay nada sin
principio; el principio no deriva de nada más que de él mismo, porque
todo deriva de él. El es él mismo su principio, contiene todos los
números y no es contenida por ninguno. Ella engendra todo y no es
engendrada por ningún otro. Todo lo que es engendrado es imperfecto,
divisible, susceptible de aumento o de disminución. Lo perfecto no posee
ninguno de estos caracteres. Lo que puede crecer crece por la unidad, y
sucumbe a su propia debilidad cuando no puede recibir a la unidad.
He aquí, oh Tat, la imagen de
Dios, en la medida en que puede ser representada. Si la contemplas
atentamente y si la comprendes con los ojos del corazón, créeme, hijo
mío, encontrarás el camino de la ascensión, o mejor dicho esta imagen
misma te conducirá; porque tal es la virtud de la contemplación,
encadena y atrae, como el imán atrae al hierro.
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